Corrían mis veinte años cuando lo escribí y veinte y un años cuando lo reescribí. Pura hormona, puro éxtasis y borracheras los bares de la central y la Zona fueron mi inspiración. Enamorado en ese entonces de una chica de artes de la Universidad Central del Ecuador, aunque el enamoramiento me duró una semana y media fue suficiente para dedicarle este manifiesto revolucionario tragicómico, que ella destrozó como toda una hippie con sus converse irredentos. Entonces, uno, despechado escribió este manifiesto antiamor, antipsicología, antipedagogía, antitodo. Pobre de mí, un iluso veinteañero ahogado por el arte.
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